Martes 19 de Septiembre de 2017

Valencia en Textos y Contextos

 

Julio Rafael Silva Sánchez

 

(Conferencia dictada en la Tertulia “Eulalio Toledo Tovar”,  Residencia de Cora Páez de Topel, Valencia, 26 de marzo de 2015)

PRIMERA ESCENA

LOS DIVERSOS CRITERIOS ACERCA DE LA FUNDACIÓN

Valencia ha aparecido en textos y documentos desde la misma fecha de su probable fundación, aunque sobre la data exacta de la misma y el verdadero fundador de la ciudad existen criterios divergentes. Quisiera compartir con ustedes la lectura de algunos textos sobre nuestra ciudad, que sólo representan una muestra sesgada y caprichosa (como ocurre con toda selección que se respete), esperando disculpen los saltos temporales y cualitativos a lo largo de esta aproximación impresionista e incompleta que solamente pretende construir una pequeña iconografía de la ciudad.

 

Iniciaremos nuestra navegación y pesquisa con Fray Pedro de Aguado, quien, en su obra Historia de Venezuela, Tomo I, Capítulo 22, escrita en 1582 y publicada varios siglos después (en 1950), afirmaría:

 

 

Otra ciudad hay poblada en esta Gobernación que está a 12 leguas de Borburata la tierra adentro, llamada  la Nueva Valencia; no he hecho aquí particular mención de ella como de las demás, por no haber habido relación de ello. (De Aguado, 1950: 363)

 

                Luego, Fray Pedro  Simón, en su obra Noticia Historiales de las conquistas de Tierra Firme en las Indias Occidentales, Tomo I. Capítulo 21, publicada por primera vez en 1627 (y posteriormente, en 1981) anotará:

 

 Con licencia que llevaba el Capitán para esto del Gobernador, fundó en nombre del Rey un pueblo que llamó la Nueva Valencia. Ya había entrado en el tiempo que se pobló esta villa el año de mil quinientos cincuenta y seis. (Simón, 1981: 218)

 

                José de Oviedo y Baños, en su Historia de la Conquista y Población de la Provincia de Venezuela, publicada inicialmente en 1723 (2007), por  cierto, un libro lleno de inexactitudes y errores,  apuntará:

 

…y nombrando por cabo a Alonso Díaz Moreno, vecino que entonces era de la Borburata, lo despachó con orden de que poblase una ciudad en la cercanía de la Laguna, diligencia en que puso tanto cuidado Alonso Díaz, que aunque los indios procuraran estorbarla a fuerza de sus armas, vencidos siempre y desbaratados por el valor de Alonso Díaz, dieron lugar a que atravezada la provincia y reconocido el mejor sitio fundase el mismo año de 55 la ciudad de Nueva Valencia del Rey, en un hermoso llano a siete leguas distante del Puerto de la Borburata y poco más de media de la Laguna de Tacarigua, donde se conserva hasta hoy.

 

(Oviedo y Baños, 2007: 223)

 

Don Torcuato Manzo Núñez, en su Historia del Estado Carabobo (1981), con respecto a la fundación de Valencia, ha señalado que:

 

Todos los documentos de archivo que hemos revisado en el país y fuera de él destacan a Vicente Díaz Pereira como “primer poblador” de Valencia. Poblador era equiparable a Fundador. En ninguno se menciona a Díaz Moreno con ese carácter. Concluimos opinando que Valencia se fundó “De hecho”, es decir, que no se hizo con el ritual acostumbrado: acta, nombramiento del Cabildo, reparto de encomiendas y solares, el árbol de justicia en la plaza y la cruz mirando al cielo, a partir de 1556, siendo su primer poblador el Capitán Vicente Díaz Pereira.  (Manzo Núñez, 1981: 43-45)

 

A pesar de este argumento, el Hermano Nectario María, en su obra Historia documental de los orígenes Valencia, capital del estado Carabobo (Venezuela) (1970), refiere lo siguiente:

 

El Licenciado Alonso Arias de Villasinda estaba al tanto de las actuaciones de Vicente Díaz Pereira y de los vecinos que compartían con él en el hato del ganado; también estaba enterado de que Juan de Villegas quería realizar una nueva fundación; guiándose por lo anterior, fundó en el sitio donde se había establecido Vicente Díaz y en diciembre de 1553, se presentó personalmente en el sitio y levantó el acta de fundación, a la cual llamó Nueva Valencia del Rey, en recuerdo a la Valencia de don Juan, en la Provincia de León, en la cual había nacido. Es evidente, entonces, que Vicente Díaz fue el iniciador y fundador del Hato y pueblo que se levantó junto al primero en el propio sitio de la ciudad de Valencia. (Nectario María, 1970: 48-49)

 

 

 

Debemos destacar también la frase inserta en el Archivo General de la Nación, de Caracas, Sección Encomiendas, Tomo 46, folio 268, citado por el Hermano Nectario María, en la obra antes mencionada, según la cual:

 

El dicho Capitán Vicente Díaz Pereira fue el primer capitán conquistador, pacificador y poblador de esta ciudad de la Nueva Valencia del Rey a su costa y mención.

 

(AGN, en Nectario María, 1970: 51)

 

En su momento, la historiadora María Cora Páez de Topel, nuestra generosa anfitriona, en Las huellas de mi ciudad, Discurso de Incorporación como Individuo de Número a la Academia de Historia del estado Carabobo (1999) expresaría:

 

Ciudad hecha para el futuro presentido desde un comienzo por los pobladores de la Nueva Valencia del Rey, Juan de Villegas, Alonso Arias de Villasinda, Vicente Díaz Pereira, merecido este último el verdadero título de fundador, fueron visionarios desde el momento en que exploraron esta tierra fértil y benigna, protegida por los cerros que la circundan y regada por las aguas del río que la atraviesa como una faja zigzagueante en su vigor salpicado de espuma.

 

(Páez de Topel, 1999: 100)

 

El doctor Julio César Centeno Rodríguez, poeta, Cronista Oficial de San Diego e Individuo de Número de a Academia de Historia del estado Carabobo, en su obra San Diego, de poblado a Municipio (2005) refiere lo siguiente:

 

Debemos recordar que la ciudad celebra el 25 de marzo el Día de Valencia, por disposición consagrada en el artículo 1º del Acuerdo emanado del Concejo Municipal del Distrito Valencia con fecha 21 de marzo de 1956; atendiendo a la sugerencia hecha por la Cámara de Comercio de Valencia, con el propósito de mantener siempre vivo el espíritu del pueblo, el culto a la tradición y a los predecesores de nuestra personalidad jurídica. Acuerdo cuyo espíritu, propósito y razón fue dejar abierta la investigación en cuanto a la fecha de 1555 como el de la fundación y el nombre de Alonso Díaz Moreno como su fundador. (Centeno Rodríguez, 2005: 93)

 

Por su parte, el profesor Luigi Frassato Cambursano (Individuo de Número de la Academia de Historia del estado Carabobo) considera que siendo o no 1555 el año de fundación de la ciudad, ésta debe seguir concibiéndose como originalmente (25 de marzo de 1555) debido tanto a la tradición como al hecho de que la escogencia de esa fecha surgió por corresponder a la anunciación del Ángel Gabriel a la Virgen María, lo cual refleja el sello cristiano que ha tenido la localidad desde sus inicios. En ese sentido afirmará en el diario NOTI-TARDE, el 28 de marzo de 2011 que:

 

Se debe seguir celebrando la fundación el 25 de marzo, porque nuestra ciudad es de origen indo afro americano, pero siempre con la dominación española y un marcado sello cristiano, que se evidencia con la escogencia de la fecha acorde a la anunciación del Ángel Gabriel a la Virgen María. Es lo más sano seguir celebrando éste, como Día de Valencia, porque en los actos fundacionales la primera iglesia se dedicó a la anunciación de la Virgen María. Aunado a esto, debe recordarse que la primera iglesia que se hace en la ciudad, está dedicada a La Anunciación. No es a la Virgen del Socorro, eso fue una devoción que se impuso después. No obstante, con respecto a la interrogante sobre cuál fue el fundador, no hay precisión. No se han puesto de acuerdo, ni la Academia Nacional de la Historia, ni la Academia de Historia de Carabobo. (Frassato Cambursano, 2011: 8)

 

Consideramos también de interés el criterio sostenido por el ilustre historiador y cronista  Luis Cubillán Fonseca, quien, en Carta dirigida al Alcalde de Valencia, Michelle Cochiola (publicada en el diario NOTI-TARDE, el 13 de marzo de 2014), entre otras consideraciones, apuntará: 

 

 

 

Hoy recibí el Oficio por el cual muy atentamente me invitas a la celebración de la fundación de Valencia, acto al cual no concurriré por obligantes motivos que paso a explicarte: porque la sangre de los jóvenes venezolanos defensores de la Soberanía Nacional frente a la tiranía cubana, está fresca, y estamos en pleno llanto y luto por sus muertes. Y por estos días, Michelle, estaré acompañando solidariamente a los jóvenes muchachos y muchachas cuando levantan sus barricadas, cuando marchan, cuando cantan, y cuando lloran llevando a enterrar a sus compañeros: muchachas y muchachos asesinados, -no los pensamos muertos- ellos son hermosas semillas de libertad que más pronto que tarde fructificaran. También amigo Cochiola, porque es una falacia que la ciudad haya sido fundada hace “459 años”. Esto no tiene base científica, y por ello no puedo, en mi calidad de Miembro de la Academia Nacional de la Historia, y Fundador de la Academia de Historia del Estado Carabobo, cuya sede oficial es “La Casa de La Estrella”, “donde nació Venezuela”, concurrir a un acto que en estos momentos de la patria, resulta por lo menos grotesco.  (Cubillán Fonseca, 2014: 4)

 

SEGUNDA ESCENA

 

CRÓNICAS DE LOS SIGLOS XVII Y XVIII

 

Posteriormente encontramos a Valencia en pleno siglo XVII, cuando, según lo narra Rafael Saturno Guerra, en su obra Recado histórico sobre Valencia (1988):

 

…en 1677, la ciudad fue saqueada por corsarios franceses, lo que produjo su ruina y ocasionó su despoblación y el traslado de su comercio a Caracas, al igual que muchas familias valencianas, como los Herreras, Ascanios, Galindos, Ybarras, Porras y otras que fueron a la capital de la Provincia en busca de sosiego y tranquilidad.  (Guerra, 1988: 74) 

 

A mediados del siglo XVIII la ciudad es descrita por don Pedro Tamarón y Romeral Vásquez en su obra Triunfos de la Gracia de la Santísima Imagen de María Santísima que con el título de El Socorro se venera en la Nueva Valencia del Rey, del Obispado de Caracas (1749), citado por  Virginia Pérez Linares, en su texto Las vírgenes de Valencia y su estrella Nuestra Señora del Socorro (1987). Allí Tamarón afirma:

 

…Tiene, pues esta afortunada ciudad su asiento en el centro de la Provincia de Venezuela, en paraje muy cómodo para el tráfico y comercio de mar y tierra (…) Su cielo claro y hermoso; el temperamento todo el año, es como el de la Primavera en Europa (…) A una legua de distancia por la parte Sur, está la famosa laguna que llaman de Valencia, y que parece un pequeño mar, de donde se provee del pescado que necesita…(Tamarón, en Pérez Linares, 1987: 110)

 

Poco tiempo después, el Obispo andariego don Mariano Martí Estadella, en su visita realizada a Valencia el 18 de marzo de 1782, reseñada en la obra Relación de la Visita General que en la Diócesis de Caracas y Venezuela hizo el Illmo. Sr. Dr. Don Mariano Martí, del Consejo de Su Majestad  (Documentos relativos a su visita pastoral de la Diócesis de Caracas), 1771-1784, Tomo III (1984), refiere que:

 

…los principales habitantes de la ciudad son españoles, pero también se advierte la presencia de otras castas, de las cuales unas habitan en la ciudad, que son los blancos criollos y otros en los campos, que son los pardos, donde tienen sus haciendas de caña dulce y cacao. (Martí Estadella, 1984: 119)

 

También el barón Alejandro de Humboldt, geógrafo, astrónomo y explorador alemán quien, en compañía de Aimé Bonpland recorriera nuestra región durante el mes de febrero del año 1800, hace referencia a Valencia en su conocida obra Viaje a las regiones equinocciales del nuevo continente, extensa obra de treinta tomos, publicada por primera vez en París, en 1807 (1991):

 

Desde Valencia hemos transitado todo el Llano que divide la Cordillera de la Costa, de la del Orinoco, pasando por Güigüe, la Villa de Cura y Calabozo a San Fernando de Apure (…) Este nivel del Llano permitirá un día, cuando la provincia sea cultivada, de abrir una navegación desde Valencia a la Guayana por el río del Pao que desemboca antes en la laguna y que ahora uniéndose a los ríos Tinaco, Guanarito y Chirgua, mezclan sus aguas a las de la Portuguesa y por consiguiente a las del Apure y del Orinoco. Esta comunicación será muy interesante en tiempo de guerra, cuando los Corsarios impidan la navegación o el transporte desde Puerto Cabello a la Angostura… (Humboldt, 1991: Tomo V, 218-219)

 

TERCERA ESCENA

 

TESTIMONIOS DEL SIGLO XIX

 

Ya entrado el siglo XIX, formalizada la guerra de nuestra Independencia, Valencia fue designada como capital de la República, en sesión del Congreso de fecha 9 de enero de 1812, declarándola Ciudad Federal (de la Confederación de Provincias Unidas de Venezuela), para que en ella residieran los tres poderes: Legislativo, Ejecutivo y Judicial, basándose en que Valencia era el centro de la Unión y se encontraba en mejores condiciones que Caracas para comunicarse con el extranjero. El Congreso funcionaría en la Casa de La Estrella, hoy sede del Museo y de la Academia de Historia del Estado Carabobo. Así refiere estos hechos el escritor Francisco González Guinán en su obra Tradiciones de mi pueblo (1927):

 

Esta declaratoria tuvo desde el primer momento sus adversarios en los propios caraqueños; pero el Congreso sostuvo su resolución; y después de perdonar a los autores de la revolución del 11 de julio de 1811, trasladó el Gobierno a Valencia (…) El Congreso levantó en Caracas sus sesiones el 15 de febrero de 1812 para reanudarlas en Valencia el 6 de marzo, y allí estaba reunido cuando ocurrió el terremoto del 26. Desconcertada la causa de los patriotas por este desgraciado incidente y por hechos de armas recientes que le fueron adversos, nombró para ejercer el Ejecutivo a los ciudadanos Fernando Toro, Francisco Javier Uztáris y Dr. Francisco Espejo, dándoles facultades extraordinarias; y al acercarse el realista Monteverde con sus tropas, se disolvió el Congreso, distribuyendo sus archivos entre patriotas de confianza.

 

(González Guinán, 1927: 17-18)

 

El doctor Guillermo Mujica Sevilla, recordado y admirado Cronista Oficial de Valencia, comenta los avatares de la ciudad a comienzos del siglo XIX, en plena guerra de independencia, en su ensayo El ayuntamiento valenciano durante la ocupación por Monteverde en 1812 (1996):

 

El Capitán de Fragata Don Domingo Monteverde toma a Valencia el 3 de mayo de 1812 y permanece en ella hasta el 10 de junio del mismo año. Durante su permanencia en la ciudad, restituye el Ayuntamiento que existía antes de la declaración de Independencia. Este Ayuntamiento manifiesta varias veces su adhesión  a Monteverde y a la Corona, y colabora con el “Señor Comandante General” en todo lo que le es posible, incluso en alimentación de sus caballos. Se habla de varios “cuarteles” en la ciudad (…) Al clausurarse el Congreso, los libros que contenían el Acta de Independencia fueron guardados en Valencia hasta 1907, cuando gracias a la gestión de González Guinán junto con el doctor Ricardo Smith fueron hallados en la casa de la señora de Navas Spínola. El doctor Francisco González Guinán entregó este libro al presidente Cipriano Castro por intermedio del presidente del estado Carabobo, doctor Samuel Niño. En acto brillante con la colaboración activa de varias personas, fueron entregados estos libros al pueblo valenciano para su conservación en nuestra Casa de la Estrella, sede del Congreso de 1812. (Mujica Sevilla, 1996: 152-153)

 

Triunfante en la Campaña Admirable, luego de la Batalla de Taguanes (librada exitosamente el 31 de julio de 1813), dos días después, el 2 de agosto, entra Simón Bolívar a Valencia, en medio del frenesí del pueblo. Desde aquí dirige un oficio al Jefe Militar del Supremo Congreso de Nueva Granada, documento inserto en los Escritos del Libertador (1968), en donde, al comunicarle los éxitos obtenidos, le explica que había tomado la ciudad sin la menor resistencia y daba terminada la jornada en los siguientes términos:

 

 …tiene Usted terminada la campaña, pues no creo que en los pocos lugares que nos quedan por liberar se nos presente una acción campal. En Caracas no hay más fuerza que la necesaria para contener a los patriotas de aquella benemérita ciudad, y ésta no podrá salir de allí, sin que en el momento rompan sus cadenas los dignos hijos de la capital.  (Bolívar, 1968: 278)

 

En el mes de julio del aciago año 1814, José Tomás Boves sitia y ocupa a Valencia en medio de una sangrienta carnicería. En nuestra ciudad, el exterminio, las blasfemias, las torturas, el pillaje y los saqueos se complementarían con el famoso baile que se escenificaría (el 10 de julio), por invitación de Boves, enla casa de Miguel Malpica, llamado "el suizo", muy cerca de la Plaza Mayor y al cual había invitado a todos los notables de la ciudad. Al respecto nos dice el entrañable amigo Antonio Ecarri Bolívar en su bien escrita y mejor documentada Biografía de Miguel Peña (2011), que:

 

Después de que el sanguinario y despiadado Boves juró ante la hostia, en la iglesia principal, respetar los honorables acuerdos de la capitulación, se burló de todos y ordenó a su segundo, Morales, tan sanguinario o más que él, comenzar una degollina por toda la ciudad. Aunque los patriotas estaban afligidos por la derrota y las atrocidades cometidas por los realistas, no imaginaron hasta dónde iba a llegar la crueldad de Boves y acudieron a un baile que organizó este sádico en la casa de Miguel Malpica, en la creencia de que el asturiano ya había saciado su sed de venganza. Concurrieron, obligados por las circunstancias, los sobrevivientes del sitio dos días después de la capitulación, esperando así apaciguar los ánimos de este engendro diabólico. Craso error.  (Ecarri Bolívar, 2011: 95).

 

En 1815 llega Pablo Morillo a esta tierra de gracia. Venía con el propósito de pacificar a Venezuela y a la Nueva Granada. En abril de 1818 llega a Valencia, herido de gravedad, y se aloja en la casa de Miguel Malpica (el célebre Suizo), en donde sería asistido y curado, circunstancia por la cual le tomó gran cariño a nuestra ciudad. En ese sentido nos narra Francisco González Guinán, en su obra antes citada, Tradiciones de mi pueblo (1927):

 

El General Morillo se ocupó de las obras públicas, y los ingenieros de su Estado Mayor modificaron la fachada de la Iglesia Matriz y empezaron la edificación de la torre del Norte (…) Impulsó la edificación del puente que desde 1808 se construía en la calle Real (hoy Colombia) que la guerra había paralizado: le dio rentas y ordenó la construcción del empedrado de las calles. Este puente lleva el nombre de Morillo, por veredicto popular, porque los pueblos a la inversa de los políticos de ocasión, premian de esa manera los servicios de sus bienhechores.  (González Guinán, 1927: 19)

 

Muchos años después, el 5 de enero de 1827, después de la Cosiata (o “revolución de los morrocoyes”, como también se le ha llamado), en el campo de Bárbula, panteón de las glorias de Girardot, se produce el encuentro de José Antonio Páez, recientemente nombrado Jefe Superior de Venezuela, con El Libertador. La comitiva se traslada a la ciudad y se ofrece un suntuoso banquete en la casa de don Miguel Ignacio Malpica (el Suizo). Bolívar estaría acompañado por Páez, Diego Ibarra, Bartolomé Salón, José Laurencio Silva, Antonio Leocadio Guzmán y otros distinguidos personajes. Según el escritor valenciano Francisco González Guinán, en su obra ya citada, Tradiciones de mi pueblo (1927), El Libertador pronunciaría estas ardientes palabras:

 

La sierpe de la discordia huye despavorida ante el iris de Colombia. Hoy es el día de Venezuela, el día del General Páez y el día más grande para mí (…) Propongo un brindis. Propongo la creación de cuatro coronas cívicas: la primera –ustedes lo consentirán- esa de derecho me corresponde a mí; la segunda al benemérito General José Antonio Páez; la tercera al valiente General José Laurencio Silva y la cuarta al inteligente joven Antonio Leocadio Guzmán. Hurra! Hurra! por las cuatro coronas.

 

(Bolívar, en González Guinán, 1981: 213-214)

 

                El 6 de mayo de 1830, al separarse Venezuela de Colombia, se reunió en la Casa de la Estrella de Valencia el Congreso Constituyente, con 33 diputados, representando a la provincia de Carabobo los señores Miguel Peña, Vicente Michelena, José Hilario Sistiaga, Andrés Alvizu, José Manuel Landa, Diego Bautista Urbaneja, Francisco Toribio Pérez y José Manuel de los Ríos. Como lo refiere el historiador Armando Luis Martínez, en su obra La región valenciana. Un estudio histórico-social (2000):

 

El Congreso de 1830 resumía con creces la situación política del momento. Valencia había aumentado su importancia política, pero finalmente serían doblegados sus intereses por el predominio de los caraqueños que impidieron el ejercicio definitivo de la capitalidad por parte de Valencia, que fue la capital de Venezuela desde septiembre de ese año hasta mayo de 1831 (…) La Constitución aprobada en 1830 tuvo una vigencia prolongada en el tiempo, ya que pervivió sin reformas un total de 28 años, es decir, hasta 1858.

 

(Martínez, 2000: 163)

 

Es oportuno recordar que en estos años el general José Antonio Páez se había instalado en nuestra ciudad y con su compañera, la culta apureña Barbarita Nieves, va a revivir el movimiento cultural que se encontraba en receso por causa de la guerra. Desde su residencia, en la calle El Sol, con sus paredes engalanadas por pinturas murales del artista Pedro Castillo, abuelo del maestro Arturo Michelena, con obras realizadas a partir de 1826 y que representan diversos temas, como paisajes, figuras de la mitología griega y escenas de las batallas en donde participó Páez, que el propio general narraba a oídos del pintor: desde esos amplios salones, el general Páez va a dar un gran impulso al arte en nuestra ciudad. De campesino inculto de Curpa, de guerrero insigne  y de probada valentía, pasa a ser en pocos años un hombre de gran sensibilidad que auspicia la creación artística y convierte su casa en un verdadero centro de cultura, en donde se realizan constantemente veladas musicales y literarias (tal vez un lejano antecedente de nuestras tertulias de hoy), y hasta una representación teatral, en la cual el propio general encarna el papel protagónico de Otelo, en la conocida tragedia de William Shakespeare, escrita en 1603. En ese sentido, anota el cronista don Alfonso Marín, en su obra Páez en Valencia (1990):

 

Convierte su residencia en Valencia en una especie de Ateneo. Toca piano, violín, violoncelo; canta. Su potente voz de barítono llena toda la casa. Funda en ella un grupo de Teatro, quizá el primero que hubo en Valencia. Lo inaugura con la tragedia “Otelo”, de Shakespeare. Páez hace de Moro de Venecia; el Dr. Miguel Peña, de Yago; el general Carlos Soublette de Barbantio, y el papel de Desdémona lo desempeña la señora Francisca Romero de Alcázar; Inés de Oyarzábal hace el papel de Blanca y como apuntador aparece Jaime Alcázar. (Marín, 1990: 18)

 

                Entre los años 1847 y 1858 el escenario nacional y regional fue dominado a plenitud por la presencia decisiva de los hermanos Monagas (José Tadeo y José Gregorio), quienes llegaron a constituir una auténtica dinastía. El 4 de marzo de 1858, Julián Castro, gobernador de la Provincia, se alza en Valencia, declarando la provincia en rebeldía contra la dinastía de los Monagas. Triunfante la revolución de marzo, con Monagas depuesto y asilado en la Legación Francesa, se instala el 5 de julio de ese año 1858 la Convención Nacional Constituyente en el Templo de San Francisco en nuestra ciudad. Allí se produjo un enfrentamiento entre Federalistas y Centralistas con respecto a la forma de gobierno, llegándose a una forma mixta que era centro-federal. El 8 de julio la Convención proclama a Castro Presidente, cargo que ocupará hasta 1859. El país se acercaba a un nuevo torbellino social, la Guerra Federal, que traería grandes calamidades a la nación. Hasta entonces, era evidente que Valencia seguía en el vórtice del proceso político venezolano.

 

El 28 de febrero de 1859 se inicia la Guerra Federal, con la ocupación del cuartel de Coro por Tirso Salaverría, quien apoderándose de un importante parque, lanza el conocido Grito de la Federación, preludio de la también llamada Guerra Larga o Guerra de los Cinco Años, aunque realmente las acciones bélicas se extenderían exactamente por 4 años, 2 meses y 4 días, hasta el Tratado de Coche, el 24 de abril de 1863, con el cual culmina la confrontación armada, luego de causar alrededor de 175.000 muertes.

 

Ezequiel Zamora, al frente de sus facciones de campesinos, incendiaría al país, centrándose las acciones esencialmente en los llanos, Barinas, Apure, Portuguesa, y otras regiones de Yaracuy y Falcón. Valencia y su periferia fueron poco afectadas por los acontecimientos bélicos, aunque Zamora trataría de tomarla en varias ocasiones. Pero nuestra ciudad estaba bien defendida por el General en Jefe del ejército, León de Febres Cordero, quien no cedió  ante las exigencias de Zamora. En 1860, pocos días después de la extraña muerte de Zamora en San Carlos, Febres Cordero persiguió a Juan Crisóstomo Falcón derrotándolo en el sitio de Coplé. Ante sus tropas acantonadas en Valencia, Febres Cordero, en proclama del 20 de enero de ese año, se refiere a la necesidad de marchar a contener al ejército liberal. En esa proclama, citada por el historiador Asdrúbal González Servén, en su obra Noticas de la Guerra Larga (2005), Febres Cordero expresará: 

 

¡Hijos de Carabobo! Vuestra ilustre provincia ha decidido siempre las grandes cuestiones que han agitado a Venezuela. En 821 sellóse aquí la independencia de Colombia; en 830 Valencia fue la ciudad afortunada que vio lucir la aurora del Poder civil en la República; en 835 Valencia salvó la obra de la inmortal Asamblea Constituyente que presidieron Vargas, Soublette y Miguel Peña; en 858 Valencia y Puerto Cabello destruyeron en diez días la tiranía de diez años; y en los tempestuosos días de agosto y septiembre últimos, Valencia y Puerto Cabello aseguraron los triunfos de la plaza de San Pablo y de La Guaira. Acaso la providencia tenga decretado que en vuestros campos gloriosos haya de efectuarse el desenlace final del sangriento drama de que es teatro nuestra dolorida Patria.

 

(Febres Cordero, en González Servén, 2005: 196-197)

 

Apenas una década después entraríamos a la insoportable y larga noche de la autocracia civilizadora. Ningún personaje de la historia de Venezuela supera en egolatría y vanidad a Antonio Guzmán Blanco, quien ejerció una férrea hegemonía sobre este país durante casi dos decenios, al detentar, con claro sesgo autocrático, la Presidencia de la República de 1870 a 1877 (el “Septenio”), de 1879 a 1884 (el “Quinquenio”) y de 1886 a 1888 (el “Bienio”, eufemísticamente denominado “La Aclamación”). Su desmedido engreimiento y su petulante convicción de ser el líder indispensable, elegido por la Providencia para cumplir una tarea mesiánica, lo conducirán una y otra vez a las más ridículas iniciativas para intentar -mediante el desvergonzado abuso de su poder casi absoluto- construirse ante a sus compatriotas una patética figura de héroe nacional. 

 

Aunque el general Antonio Guzmán Blanco no estuvo en todo momento a la cabeza del Estado entre los años 1870 y 1888…, -porque  allí estuvieron, a su incondicional y genuflexo servicio:  Francisco Linares Alcántara,  Joaquín Crespo y Hermógenes López-, se considera como su gobierno todo el lapso prolongado en el cual ejerce su influjo, apenas distorsionado por disidencias pasajeras, durante el cual consolida un sólo foco de poder y un peculiar intento de centralización que podría considerarse de importancia en el proceso de organización del Estado nacional. Por ejemplo,aquí, en Valencia, como sabemos, Guzmán Blanco promovió la construcción de importantes obras, entre ellas: el Teatro Municipal, construido por el arquitecto francés Antonio Malaussena Levrero e inaugurado en octubre de 1894; la Plazuela del Convento, convertida en Plaza Guzmán Blanco (hoy Plaza Sucre), en 1876; la remodelación de la Plaza Bolívar, también bajo la dirección del arquitecto francés Antonio Malaussena Levrero, inaugurada como Homenaje al Libertador, el 24 de junio de 1889. Sin embargo, como lo señala nuestro dilecto amigo, el académico y cronista Luis Cubillán Fonseca en su obra Basílica Catedral Metropolitana de Nuestra Señora del Socorro de Valencia, Venezuela (2005):

 

                              

 

Su pecado máximo fue la exclaustración de las vírgenes consagradas al Beaterio, tomó posesión, arrancó a la iglesia sus propiedades, los nobles hogares valencianos recogieron a sus hijas consagradas y quienes pudieron hicieron, en lo más apartado de la casa, un lugar remedo de la santa morada para que no se interrumpiesen los sagrados votos… (Cubillán Fonseca, 2005: 149)

 

En estos años destaca la figura del escritor valenciano Manuel Vicente Romero García, nacido en nuestra ciudad, en 1864 y fallecido en Aracataca, Colombia, en 1917. Poeta, novelista, autor de una extensa obra literaria, en la cual descuella su novela Peonía, publicada en 1890 y que revela las costumbres de la sociedad de su tiempo, considerada además como una de las obras primigenias del criollismo en Venezuela. Periodista de fuste, se distinguió pos sus escritos en contra de los gobiernos opresores, expresados en frases lapidarias como ésta, publicada en El Cojo Ilustrado, en su edición del mes de enero de 1896: Venezuela es el país de las nulidades engreídas y las reputaciones consagradas…, palabras que parecieran tener plena vigencia en nuestros días.

 

Parece oportuno subrayar que en 1895 nuestra ciudad rindió un cálido, merecido y hermoso homenaje al Mariscal Antonio José de Sucre, en el centenario de su nacimiento, quien, con apenas 16 años, había estado en Valencia en 1811, al lado de Bolívar y bajo el mando del Generalísimo Francisco de Miranda, cuando nuestra ciudad se rebeló contra la Independencia y a favor del Rey de España. La recordada historiadora y gran dama valenciana, Luisa Galíndez rememora esa fecha, en frase citada por nuestro cronista don Guillermo Mujica Sevilla, en su obra Valencia y el Mariscal Sucre (1995):  

 

El amanecer del 2 de febrero fue celebrado con música; la Banda Filarmónica recorrió las calles de la ciudad, anunciando que la República celebraba la apoteosis del Gran Mariscal de Ayacucho. Los edificios públicos y las casas particulares fueron decorados con flámulas y banderas, ramilletes y coronas (…) Luego, el 3, el General José Félix Mora inauguró la Plaza Sucre, asimismo inauguró la Estatua de La Libertad. Después hubo recepción oficial en el Capitolio y fue develado el cuadro pintado por Arturo Michelena, representando el Bolívar a Caballo. En la Universidad de Valencia se celebró un acto académico y el orador de orden fue Elías Toro, descendiente del gran caraqueño Fermín Toro. Con un gran baile de máscaras celebrado en la Plaza Bolívar, se puso fin a estas fiestas centenarias. (Galíndez, en Mujica Sevilla, 1995: 4-5)

 

Luego vendrán tiempos de montoneras, rebeliones, alzamientos y guerrillas, durante los cuales los caudillos regionales se harán dueños de la escena. Valencia, Carabobo, Cojedes, Aragua, toda la región central, se verá sometida a los acosos de caudillos como José Manuel (el Mocho) Hernández, Luis Loreto Lima, Alfredo Franco y otros conjurados. En nuestra ciudad, las fuerzas mochistas contaban con fuerte apoyo popular. Detalle interesante de este contubernio es la comunicación enviada a Cipriano Castro desde Valencia el 7 de noviembre de 1898 por Francisco González Guinán, conocido abogado valenciano, escritor, periodista y uno de los historiadores más destacados del siglo XIX (pues había sido Miembro Fundador de la Academia Nacional de la Historia en 1888), carta pesquisada en el Boletín del Archivo Histórico de Miraflores No. 22, de 1963, en la cual se queja de la parcialidad de los carabobeños hacia el Mocho Hernández. Allí, entre otras consideraciones, le expone a Castro:

 

Carabobo ha sido siempre el Estado donde los conservadores han hecho sus más grandes esfuerzos a favor de su causa política. Por el Mocho Hernández han caído en el delirio, y probablemente llegarán a la ruina yendo en pos de un caudillo sin condiciones militares y sin dotes de hombre de estado. En los distritos occidentales dominan las guerrillas mochistas; igual cosa sucede en distintas parroquias foráneas de Valencia.

 

(González Guinán, en BAHM, 1963: 110)

 

                     

 

CUARTA ESCENA

 

SIGLO XX: AZAROSO, PROBLEMÁTICO Y FEBRIL

 

                            

 

La leve frontera entre los dos siglos está signada por el advenimiento de los andinos al poder. En la borrascosa madrugada del 23 de mayo de 1899, desde su destierro, en algún lugar de la frontera colombiana, Cipriano Castro se lanzó con apenas sesenta incondicionales (entre los cuales venía su compadre, el taciturno Juan Vicente Gómez) a la conquista de un país convulsionado por las guerras intestinas, la corrupción y la miseria. Cruzaron sigilosamente el río Táchira y el 22 de octubre (después de 153 días de marcha, decenas de combates, 3.500 muertos y más de 1.000 kilómetros recorridos) fue proclamado Jefe del Estado, en la Casa Amarilla de Caracas, iluminada y entusiasta como nunca lo había estado desde los lejanos días del Ilustre Americano. Así, lo que el mismo Castro denominaba la Revolución Liberal Restauradora, en armas contra el gobierno de Ignacio Andrade, lo instaura en el poder,  en donde permanecerá durante los siguientes nueve años, cuando su socio y compadre, el nunca bien ponderado “bagre” lo reemplazará en el mando, tal y como lo refleja Mariano Picón Salasen su obra Odisea de tierra firme (1931):

 

-Ahora, mi querido don Venancio, los hombres blancos y decentes como nosotros debemos asistir impasibles a esta merienda de negros. Y la barbarie es una pelota que cuando los llaneros se cansaron se la lanzaron a los andinos. Cayó en el pueblo de Capacho y la recogió un indiecito de pelo lanoso y muy remolón, que se llamaba Cipriano Castro. Cipriano fue a consultarse con sus compadres. Un compadre trajo al otro, y éste a otro, como en la Biblia...  (Picón Salas, 1931: 42-43)

 

Con la llegada de las huestes andinas al poder, nuestra ciudad seguirá siendo centro neurálgico del acontecer histórico, político y social. Serán largos años de ignominia, persecuciones, presos, desterrados y asesinados por el régimen, durante los cuales se producen diversos eventos, como el cierre de la Universidad de Carabobo, la cual había sido creada como Universidad de Valencia en 1892, por decreto de Joaquín Crespo, y que sería clausurada por decreto de Cipriano Castro, en abril de 1904. Al respecto dirá la profesora Alecia Castillo Henríquez, investigadora del Instituto de Derecho Comparado de nuestra universidad, en su obra Valencia cultural y universitaria: notas sobre la historia de la Universidad de Carabobo y su entorno cultural (2011):

 

El 18 de abril de 1904, el Congreso de la República aprueba el Código de Instrucción (propuesto por el presidente Castro) y con éste, se declara extinguida a Universidad de Valencia. El 16 de mayo, el Dr. Carlos Sanda, en su carácter de Rector encargado, hace entrega de la extinta universidad, cumpliéndose así el acto más bárbaro cometido contra la cultura del país.  Valencia, que se encontraba arruinada por las luchas intestinas y recién diezmada por la terrible epidemia de viruela, no le dio el valor que merece este cierre. Cinco días después, el 21 de mayo, Castro viaja a Valencia y se hospeda en la casa del Presidente del Estado Carabobo, situada en el cruce de Independencia y Boyacá. Allí se le rinde homenaje con grandes bailes.  (Castillo Henríquez, 1998: 76)

 

Parece de interés la descripción de la ciudad en estos años del gomecismo que hace el escritor y editor guanareño José Agustín Catalá Delgado, quien siempre recordaría con añoranza los años en los cuales residió en Valencia, desde 1925, cuando llegó aquí apenas cumplidos los diez años, hasta 1937. El escritor estaba sembrado en el afecto de esta tierra, a la cual sentía como propia y amaba como parte muy noble de su vida,  tal como lo narra en su obra Tiempo de Valencia: memoria de los años 1925-1937 (2011):

 

Trasplantado desde mi solar llanero donde germinaron las primeras raíces de mi sangre, Valencia me acoge entonces en mi niñez, y me ofrece, dadivosa, título de paisanidad y me otorga certificado gratuito de adopción. Aquí habrá de crecer el árbol de mi vida, en Valencia, junto a su tierra y su gente, su aire y su luz, sus cielos y paisajes, su historia y su indeclinable vocación inmortal. Comencé entonces a conocer la ciudad: su Plaza Bolívar, la catedral, el único puente sobre el Cabriales, el mercado público, la estación del ferrocarril y el tranvía eléctrico, que pronto aprendí a abordar en marcha. Recorría el trayecto que venía de San Blas, lo tomaba en la esquina del cine Mundial y me llevaba a La Pastora, para retornar frente a la iglesia… (Catalá, 2011: 19-20)

 

A pesar del clima de terror impuesto en el país durante esos años, encontramos en Valencia otros sucesos y textos de interés, como la inauguración del Puente “La Paz”, en la avenida La Paz, hoy Montes de Oca, evento ocurrido el 19 de diciembre de 1926. Le correspondió pronunciar el Discurso de Orden al poeta valenciano Salvador Carballo Arvelo, quien expresaría, con claro acento modernista:

 

Monumento de piedra con simbólico nombre de mujer, este puente de “La Paz” sentirá crujir sobre su dorso, canción de esperanza en escenario de granito, la carga de progreso que conducirán los neumáticos, llegada a nuestro Puerto en el vientre de enormes trasatlánticos que vienen de más allá de los mares, de la América portentosa, de la nebulosa Inglaterra, de la Francia triunfante, de la España caballeresca, de la Alemania redimida y fecunda.

 

(Carvallo Arvelo, en Centeno Rodríguez, 1996: 115-116)

 

En 1934 es designado Presidente del Estado Carabobo Santos Matute Gómez, primo del Benemérito y uno de los hombres de más confianza entre sus parientes. Será una época ignominiosa para Valencia. Al respecto el escritor Eduardo Zárraga, en su obra Imagen y semblanza de Valencia (1978), señala:

 

“Valencia es rebelde”, dice el Benemérito, “pero Santos la va a poner derechita”. El clan Gómez detesta a Valencia. Los enemigos de Castro regresan, entre ellos muchos valencianos de raigambre y valor que creyeron en la UNIÓN, PAZ Y TRABAJO, consigna del régimen, pero pronto se darán cuenta que peor fue el remedio que la enfermedad. (Zárraga, 1978: 36)

 

Años después, durante otro régimen dictatorial, la feroz tiranía de Marcos Pérez Jiménez, el 25 de marzo de 1955, le correspondió al escritor valenciano José Rafael Pocaterra, pronunciar su célebre Discurso de Orden, el canto Valencia, la de Venezuela, en los salones del Concejo Municipal de la ciudad. En los alrededores de la Plaza Bolívar y las calles adyacentes se concentraría una expectante multitud (entre la cual se encontraba este humilde cronista que hoy les habla, con apenas siete años, tomado de la mano de su padre, recién llegados esa mañana del cercano Tinaquillo). Allí escucharíamos con devoción al poeta, quien, conmovido por la emoción, quebrada su voz, recitó sus versos, con un profundo acento nacionalista, dolida su palabra de amor al terruño. Recordemos un fragmento:

 

Pero tú, no. No pidas, nunca implores

 

con zalamera boca cortesana

 

lo que te deben las generaciones;

 

y a ingratos, menos… Que no son favores

 

los que compren a gente valenciana.

 

 

 

De aquí salió esta Patria que hoy es rica,

 

aquí echó su raíz la nación toda,

 

tu incansable energía multiplica

 

el fruto milagroso de una poda.

 

(…)

 

Trabaja y sueña, que soñar es bueno;

 

Trabaja y piensa, que pensar consuela.

 

No ames ni esperes lo que ya es ajeno,

 

Madre eres tú: pariste a Venezuela.

 

(Pocaterra, 1975:38-39)

 

También es notable la descripción que hace José Mará Godoy Fonseca, en su obra Valencia de Antaño y hogaño (1955), referida a diversos sitios de la ciudad. Leamos un fragmento de su nota sobre el Mercado Municipal de Valencia:

 

Nuestro antiguo Mercado era en el centro una arquitectura rara, constante de una atrevida armazón de hierro y madera que, por la mucha luz y ventilación que permitía el edificio, resultaba alegre, risueño, casi bello. La puerta principal daba a la calle Constitución. Se distinguía de las otras en que por la altura del terreno el zaguán formaba un plano inclinado, especie de rampa pronunciada, y desde donde se dominaba todo el interior. (Godoy Fonseca, 1955: 5-6)  

 

En esos días, el poeta Felipe Herrera Vial, en su obra Motivos de Incamar (1956) se pregunta:

 

¿Qué tendrá esta tarde de Incamar que sus ojos están empañados de tristeza? He tratado de averiguarlo en silencio. El cielo límpido de mi ciudad, el are perfumado que corre desde el jardín a nuestro encuentro, nos impulsa a la seca alegría, como la que proporciona un buen vaso de vino cuando tenemos sed (…) Las nubes allá, a lo lejos, mueven con delicadeza sus formas como en una tarde de toros un torero mueve su capote y un toro estupendamente negro, pasea majestuoso su sombra sobre la arena.

 

(Herrera Vial, 1956: 28)

 

Un hecho trascendente para la ciudad fue la reapertura de la Universidad de Carabobo, la cual abrirá nuevamente sus puertas por Decreto No. 100, del 21 de marzo de 1958, de la Junta de Gobierno que presidía el Contralmirante Wolfgan Larrazábal Ugueto. En tal sentido, apunta Torcuato Manzo Núñez, en su ya mencionada Historia del Estado Carabobo (1981):

 

…el proceso de reapertura se tomará algunos meses y la Universidad se inauguró solemnemente el 11 de octubre de 1958, mediante acto académico celebrado en el Teatro Municipal. Estuvieron presentes, entre otros: el primer Rector de la Casa de Estudios, Dr. Luis Ascunes (sic); el Vice-rector Secretario, Dr. Luis Fernando Wadskier; los Decanos de las Facultades de Derecho, Ingeniería y Medicina, Drs. Donato Pinto, Víctor Rotondaro y José Valero Lugo. Como Delegado del Ministerio de Educación asistió el Dr. Jorge Lizarraga. Estuvo presente el Presidente de la Junta de Gobierno, Contralmirante Wolfgan Larrazábal y el Secretario de la misma Junta, Dr. Edgar Sanabria (…) Y el Exceltmo. Señor Obispo de la Diócesis Dr. Gregorio Adam a cuyo cargo estuvo el discurso de orden.  (Manzo Núñez, 1981: 126-127)

 

También el poeta Enrique Grooscors, en su elegante y fina prosa, se referirá a este evento, en su artículo Por fin…! La Universidad de Carabobo,  publicado en el diario EL CARABOBEÑO, en su edición del miércoles 26 de marzo de 1958, página 4:

 

¡Hoy habrá fiesta, fiesta bulliciosa y plena de jubilosos himnos, en la casa de los “Estudiantes de la Mesa Redonda”! ¡Temblores de epifanías poseerán las boinas de la muchachada heroica del 28 y la épica y mítica del 14 y de La Victoria! Y los manes de aquellos graves varones que en 1840 y tantos echaron los cimientos venerables del Alma Mater Carabobeña reposarán más tranquilos en tanto las sonrisas de las satisfacciones y el gesto de las angustias ya solucionadas las poseerán (…) ¡Carabobo todo y la Cultura Venezolana son hoy himno inmenso levantado hacia los cielos donde moran los Padres de la Patria por la devolución de su Alma Mater! Que ella sea de nuevo faro y sol de nuestra cultura regional, siempre levantada y digna como el espíritu universitario y la esencialidad de la Madre Venezolana… (Grooscors, 1958: 4)

 

Tiempo después, nuestro Primer Arzobispo de Valencia, Monseñor Luis Eduardo Henríquez Jiménez, prelado, poeta, comunicador social de briosa pluma, miembro fundador de nuestra Academia de Historia del Estado Carabobo, en ocasión de su elevación eclesiástica, el 3 de diciembre de 1974, en Discurso pronunciado en Sesión Solemne de la Asamblea Legislativa del Estado Carabobo, proporciona una singular radiografía de nuestra ciudad:

 

A vista de todos, Valencia y Carabobo crecen y se dilatan, y no sólo en el campo económico y técnico, sino igualmente en el campo de la ciencia y la cultura. Tiene a legítimo orgullo de ser tierra donde florecen los más altos valores del espíritu; tierra de grandes escritores y poetas, de grandes pintores y escultores; de sabios y de notables cultores de la historia, el derecho y la medicina. Tierra de empresa y de empuje, pero tierra también en que el trabajo labra las más finas filigranas del espíritu; tierra igualmente fecunda para los valores religiosos y morales, tierra donde ha florecido la santidad, donde seglares insignes han sido paradigma de las más altas virtudes cristianas; vivero de notable número de religiosas y sacerdotes, humildes, laboriosos, de recia personalidad, que configuraron el aspecto espiritual de nuestra tierra.

 

(Henríquez Jiménez, 1974: 9)

 

El poeta Alejandro Oliveros, en el texto “Sueño”, incluido en su libro Espacios (1974) nos regala una descripción del ambiente citadino de la época, nada distinto al de nuestros días:

 

Era de noche y nos perseguían

 

por las calles de Valencia

 

que ya no existen.

 

Los soldados disparaban

 

sobre nuestras cabezas,

 

sentíamos la proximidad

 

de sus uniformes, el gas,

 

el ruido y las lágrimas.

 

Abrazados, nos mantenía

 

el consuelo de estar juntos.

 

(Oliveros, 1974: 48)

 

QUINTA ESCENA

 

SIGLO XXI:

 

DE LA INCERTIDUMBRE Y EL CAOS A LAS VOCES DEL CORAZÓN

 

Los venezolanos entramos al siglo XXI envueltos en una crisis sin precedentes en la historia de la nación, crisis que se hará más grave e insoportable al correr de los años. La incertidumbre, el caos precipitado, la inflación más alta del planeta, la inseguridad, el alto costo de la vida, la escasez, la violencia desatada y prohijada desde el poder se han adueñado de nuestro país. Y, por supuesto, nuestra ciudad está irremediablemente inmersa en este cuadro dantesco y diabólico. Durante 16 años nos hemos movido en un desconcertante frenesí entre escándalos, desaciertos, despilfarro, corrupción, incompetencia, improductividad, persecuciones políticas, empobrecimiento, miseria y muerte. Desde hace años descendimos a un nivel de vida que parece no cambiar, una especie de condena sin juicio a toda la población, la cual no puede movilizarse, transformarse o discernir, mucho menos oponerse, so pena de represión, exilio, cárceles o asesinatos. Sin embargo, a pesar de este sombrío panorama, las fuerzas morales de nuestro pueblo tienden a imponerse sobre la desolación y la estulticia. Parecen oportunas las palabras de Teodoro Petkoff, quien, en su obra El chavismo como problema (2011) ha expresado:

 

Los actos del régimen chavista producen resultados ambivalentes. Por un lado, proyectan la imagen de un gobierno todopoderoso, que puede hacer lo que le da la gana; pero, por el otro, generan la acentuación del rechazo. Estamos en un momento que puede ser de inflexión. El régimen apunta a quebrar la voluntad de combate de sus opositores, a  desmoralizarlos y hasta a provocar un sentimiento de resignación. Si éstos resisten esta ofensiva bestial, sin que se quebrante la voluntad de lucha y, por el contrario, ésta se da con determinación, la calidad de vida política venezolana puede experimentar un significativo cambio. Hay futuro, es decir, hay vida. (Petkoff, 2011: 177)

 

En esa misma dirección apunta nuestro dilecto amigo, el historiador y docente, Dr. Elis Simón Mercado Matute, ex-Rector de la UC, Presidente de la Junta Directiva del Ateneo de Valencia, quien, en el diario EL CARABOBEÑO, del pasado domingo 22 de marzo de 2015, página 19, al referirse a la celebración del Día de Valencia, expresó:

 

A nuestra ciudad le hace falta mucho afecto, quererla y pensarla con efectividad. Debemos repensar la ciudad y reelaborar el concepto de valencianidad, por lo cual esta celebración no puede quedarse en la cuestión lúdica-festiva, sino concretarse en hechos imperecederos, como la inauguración de la gran escultura del artista colombiano Edgar Negret, adquirida por el municipio durante la administración del difunto Alcalde Paco Cabrera. (Mercado Matute, 2015: 19)

 

Por eso, a pesar de todo, por encima de las circunstancias adversas, de las pequeñeces, las simulaciones y la infamia,  siempre vibrará la voz de los poetas, enalteciendo a la ciudad, en el presente y en el recuerdo (siempre promesa del futuro), como protagonista, entorno, testigo o evocación nostálgica, en los avatares de la existencia, en las tinieblas o albores de los días, en el recuerdo doloroso o alborozado. Porque nada hay más hondo y más intenso que la voz del hombre en medio del desconcierto. Oigamos ahora, para finalizar, algunas de esas voces:

 

El poeta Eugenio Montejo, en su texto “El duende”, del libro Fábula del Escriba (2006), recuerda las calles de Valencia en su juventud. Leamos un fragmento:

 

En esta misma calle, pero antes,

 

a bordo de mis veinte,

 

de noche en noche, con tabaco y lámpara,

 

escribía poemas.

 

 

 

Alrededor la multitud dormida

 

soñaba con dinero

 

y alguna que otra estatua recosía

 

el azul de su sombra.

 

(Montejo, 2006: 52)

 

El poeta Leopoldo Elías Fadul Buysse, Caballero Pontificio de nuestra ciudad, en ocasión del Centenario de la Coronación Canónica de nuestra Patrona, la Virgen del Socorro, le dedicaría este texto Áurea corona (2010), que luego sería consagrado como Himno de Nuestra Señora del Socorro de Valencia. Leamos un fragmento:

 

Hace cien años te ciñó Valencia

 

la aurea corona que labró su amor

 

hoy como ayer los hijos de la Iglesia

 

cantan tus glorias llenos de fervor.

 

 

 

Aunque parezca que el amor fenece

 

de tu culto el fervor, joven o anciano,

 

en cada corazón de un valenciano

 

el rescoldo de amor se aviva y crece.

 

(Fadul Buysse, 2010: 5)

 

El poeta José Joaquín Burgos, ilustre guanareño aposentado en nuestra ciudad desde tiempos remotos, en su texto “Huesos”, del libro Cansancios de Orilla (2012), lanza algunas interrogantes al aire para describir a esta ciudad que tanto ama:

 

¿Quiénes son los dueños del tiempo

 

en esta ciudad tan mía y tan extraña?

 

 

 

¿Quién sería capaz

 

de aprisionar en un recuerdo su efímera eternidad?

 

 

 

Esta es mi ciudad.

 

 

 

En ella habito desde siempre.

 

 

 

Piedra soy de sus muros.

 

(Burgos, 2012: 23)

 

Finalmente, me gustaría compartir las hermosas palabras dedicadas a Valencia por el ilustre abogado, poeta, historiador y cronista porteño, Asdrúbal González Servén, vertidas en su emotivo discurso con motivo del centenario del nacimiento de don Felipe Herrera Vial (el 24 de febrero de 2013), del cual extraemos el siguiente párrafo:

 

Valencia tiene un dulce nombre de mujer... Un collar con figuras de soles y de lunas, de jaguares y estrellas, de caracolas y serpientes sinuosas como ríos, le grabó en piedra dura y colocó cual ofrenda sobre su cuello altivo, el indio comarcano... Que estampó en la roca de Vigirima lo que pudiera ser su primer retrato: la hoy llamada Diosa de la Lluvia.  Hermosa  cara, como corresponde a la mujer valenciana de siempre. Del momento auroral de la urbe, es entonces el inicial testimonio que se posee de la ninfa del Cabriales.  La ciudad tuvo siempre un rostro de mujer... Y un corazón de naranja madura, desde donde un niño enternecido canta. La canción es de amor, eterna balada de enamorados; amoroso mensaje de “aquí me quedo”, de “no te olvido ya”, del “siempre te amaré Valencia mía”. Valencia tiene la gracia de concebir  y dar a luz a sus hijos, y convertirlos después en sus eternos enamorados. Y seducir a quienes nacen fuera... (González Servén, 2013: 5)

 

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