Viernes 24 de Noviembre de 2017

Invitación Conferencia

No hay más forma en la palabra que la vida:

Breve acercamiento a las páginas y los días de

Roberto José Guinand Castellanos

Presentación – Bautizo del libro

General Hermógenes Julián López Herrera:

un presidente carabobeño

Autor: Roberto José Guinand Castellanos

Academia de Historia del estado Carabobo

Museo Casa de La Estrella

Valencia, sábado 8 de agosto de 2015

Texto:

Julio Rafael Silva Sánchez

PREFACIO

Para descifrar el sueño en la espesura

 

Desde tiempos muy remotos, el hombre ha tratado de comunicar sus emociones, sus percepciones y su peculiar cosmovisión, a través de narraciones de su intimidad y descripciones del entorno, expresándose en símbolos pétreos, dibujos pictográficos y petroglifos, que lo conectan con sus semejantes (contemporáneos y futuros) en una maravillosa interacción expansiva. También por ese derrotero han transitado los antiguos egipcios y sumerios, quienes, hace más de cinco mil años, elaboran esos textos jeroglíficos y cuneiformes que intentaban expresar, en un elaborado lenguaje pictográfico, simbólico y fonético, las ideas sugeridas por la contemplación del entorno, los principios estético de su pensamiento o las profundidades de su sentir ético-religioso; las epopeyas indostánicas el Ramayana y el Mahabharata, poemas épicos a través de los cuales asistimos a un desborde lujurioso de los sentidos y a una exuberante riqueza en la descripciones de ritos y banquetes fúnebres, al lado de una  variada y emotiva descripción del entorno físico y social, cuyas imágenes esenciales desarrollan las luchas por el poder político, en una enjundiosa suma de sabiduría sagrada y profana; los afanes de Odiseo, el héroe homérico, en búsqueda angustiosa de su añorada ínsula Ítaca,  maravillado ante el escenario oceánico y reconstruyendo sus lejanos avatares existenciales en el Asia Menor;    las epístolas de Virgilio, fiel reflejo del hombre en la Roma de su época, con sus ilusiones y sus sufrimientos, a través de metáforas de gran perfección estilística, que describen sus vivencias interiores y la riqueza bucólica de su entorno; los textos poéticos de los nahuas, mayas y quechuas, esa rica gama de cantos y poemas, relatos y discursos que revelan la inspiración y el sentimiento de los autores, expresados en códices que conforman un registro de las tradiciones y costumbres de los antiguos habitantes de México, Centro y Sur América; las Crónicas de Indias, ese conjunto de relatos, narraciones y descripciones, como la relación de los viajes de Colón, las descripciones de fray Bartolomé de las Casas, los comentarios de Hernán Cortés,  textos a través de los cuales éstos y otros adelantados, conquistadores y colonizadores informaban sobre la geografía, el modo de vida, los sabores y los saberes  de los pobladores americanos y de las colonias. Estos cronistas narraron, con espontaneidad y objetividad, todo aquello que les parecía sorprendente y maravilloso de lo que, para ellos, era el Nuevo Mundo; Don Quijote quien, seducido por el Amadís de Gaula, rodeado de sus fantasmas y recuerdos, anhela la andante novela de caballerías, mientras evoca sus aventuras por las praderas castellanas de La Mancha; las sorprendentes creaturas de Gabriel García Márquez, únicas en su dimensión de amor, desmesura y soledad, en la evocación obcecada de sus espacios, tradiciones y leyendas, envueltos en lo real-maravilloso de la lujuriosa atmósfera latinoamericana; los personajes de Rómulo Gallegos, enfrentados con sus precisos contextos socioculturales que los definen y limitan, como una acertada expresión simbólica del ser venezolano; los textos de José Rafael Pocaterra, reveladores de la angustia existencial de aquellos hombres valerosos y exultantes, envueltos en la brutal realidad de su entorno geo político.

Y, en los últimos años en nuestra región, esa hornada rutilante de escritores, únicos en su diversidad y complementarios en su accionar, que reflejan, cada uno en su estilo y ritmo propios, la contradictoria realidad de nuestro entorno social, político, histórico y cultural, entre ellos: Juan Correa González, Asdrúbal González Servén, Fritz Küper D´alessandro, José Joaquín Burgos, Julio César Centeno Rodríguez, Eumenes Fuguet Borregales… Escritores que despiertan en nosotros fuegos escondidos o secretos, cuyas palabras nos describen mundos deslumbrantes poco conocidos y que llenan el santuario íntimo de nuestra existencia con pensamientos nuevos, maravillosos y placenteros. En esa dirección, parece oportuna la frase de nuestro recordado Eugenio Montejo, cuya presencia aún vive entre nosotros, hijo adoptivo de Valencia, poeta, ensayista, diplomático, Doctor Honoris Causa de nuestra muy ilustre y centenaria Universidad de Carabobo, Premio Nacional de Literatura (1988), quien,  al recibir el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo (2004), en Ciudad de México, el martes 2 de agosto de 2005, expresaría (entre otras) las siguientes palabras, que parecieran trazarnos senderos desde el Infinito:

El hecho de que nada sepamos del futuro, salvo que debemos crearlo entre todos, aumenta la responsabilidad del escritor. Su adhesión ética ha de estar de lado de la civilizada tolerancia y de parte del desarme tanto por fuera como por dentro del hombre. (Montejo,  2005: 5)

Y es precisamente uno de estos escritores, un artífice, un alquimista de la palabra, digno heredero de aquel antiguo linaje de creadores, quien ahora nos ocupa: Roberto José Guinand Castellanos (Caracas, miércoles 28 de agosto de 1946), este amable, generoso y brillante caraqueño aposentado desde niño en estas tierras carabobeñas, en donde ha dado muestras de su especial condición de ser, pues nos deslumbra con sus dotes de narrador, historiador, pedagogo, biógrafo, ensayista, crítico, indagador,  pero sobre todo – y antes que nada – cronista, testigo de su época y de su entorno, evocador de los fulgores pasados y actuales de su villa adoptiva, Naguanagua, en esa laudable actitud que lo define, lo moldea y lo emparenta con la obra de sus pares: Enrique Bernardo Núñez, Guillermo Mujica Sevilla, José Ramón López Gómez, José León Tapia, Efraín Inaudy Bolívar, Luis Cubillán Fonseca, Asdrúbal González Servén, Eumenes Fuguet Borregales, distinguidos cronistas e intelectuales, con algunos de los cuales el doctor Guinand Castellanos ha compartido otra de sus pasiones: la medicina, ámbito por el cual nuestro escritor transita con propiedad y eficiencia, pues – como es sabido - es un exitoso oftalmólogo cuyo reputado prestigio trasciende los límites de nuestra región para alcanzar dimensión nacional.

En las crónicas de Guinand Castellanos, ingeniosas, llenas de humor y humanidad, asistimos  a un diáfano y elocuente diálogo con los más diversos ambientes de la hermosa ciudad de Naguanagua (la de hoy, la de ayer, la de su inquieta imaginación) y de otras poblaciones vecinas (Valencia, Canoabo, Maracay, Acarigua, San Carlos, Caracas…), en un transitar espontáneo del lenguaje, enriquecido con la insinuación reflexiva, el aliento de elegancia y originalidad que nos lleva a disfrutar intensamente la luz del paisaje lírico que este autor nos obsequia. En suma, nuestro cronista lleva la música a flor de piel (¡por supuesto!, si también cultiva la música con elegancia y acierto)  y, como algo especial, el arraigo emocional y la querencia por su tierra, que es como decir por el patio de su casa. En su oficio de cronista, nuestro autor parece comulgar con los enfoques del escritor, periodista y ensayista mexicano, Carlos Monsiváis Aceves, Cronista Oficial de la Ciudad de México hasta su deceso, quien, en su obra Las esencias viajeras. Hacia una crónica cultural del Bicentenario de la Independencia (2012), afirma:

Podemos definir la crónica como la reconstrucción literaria de sucesos o figuras, género donde el desempeño formal domina sobre las urgencias informativas. Es, además,  un texto generalmente breve que aborda preferentemente la representación de temas, sucesos y personajes cotidianos, para construir una imagen de la cultura y las prácticas sociales en determinado momento y en un limitado espacio geográfico. (Monsiváis Aceves, 2012: 175)

PRIMERA  ESCENA

Cosas de la vida:

siguiendo el cortejo de las sombras ilusorias

Cosas de la vida es su primer libro de crónicas, con el cual obtuvo el Primer Premio en el Concurso Literario “Dr. Rafael Guerra Méndez”, el año 2006, auspiciado por el Colegio de Médicos del estado Carabobo, editado ese mismo año por la Dirección de Medios y Publicaciones de la Universidad de Carabobo (aunque la reedición que ahora comentamos está publicada por la Fundación El perro y la rana el año 2008). En esta obra el doctor Guinand Castellanos ha logrado estructurar un texto espontáneo, sencillo, con un lenguaje directo y convincente, escrito con rigurosidad, seriedad y honestidad.

El cronista – con un agudo espíritu de observación - nos relaciona con la estructura interna de la vida en el gesto necesario de diseccionar la realidad para exaltar el contexto, la esencia, la maravilla de la cotidianidad. Así, la mirada del escritor revaloriza los imperceptibles detalles del entorno: ambientes, espacios, objetos, fantasmas, recuerdos y cuerpos fluyen llenos de una atractiva expectación y se instalan (como lo hiciera in illo tempore el cacique Inagoanagoa en sus predios) en nuestra percepción de lectores sensibilizados por las sugerencias poéticas de este excelente creador.  

En esta obra (y en sus libros posteriores) la creación se transmuta en un canto esplendente, de muchos bordes y costados, de gran concentración y economía verbal, despliegue de formas expresivas, con expresiones a veces sentenciosas, pedagógicas. La palabra es, entonces, vínculo con la historia, con las tradiciones, con las fábulas  y con el destino de todos: arbitraje que incluye al hombre con el tránsito, pero también con la eternidad.

En sus textos la ciudad todo lo envuelve, lo determina todo. La ciudad tiene amores secretos con la encendida sabana que le prodiga vientos cálidos en las noches pobladas de ruidos fantasmales. La ciudad escucha los lejanos cantos que se van murmurando sus gemidos de amor. El cercano río sabe de esos amores y tiene celos de macho encarcelado. Pero el tesoro mayor de la ciudad ha sido su diario acontecer, su mina de historias, fábulas y  leyendas remotas. Crisol de jinetes y doncellas que el sol aviva en el sarcasmo de los mediodías. Fantásticos viajes de acequias rumorosas con acento de llanto. En un lenguaje pleno de sencillez, precisión y claridad, pero al mismo tiempo dotado del encanto seductor de la palaba poética, lo registra el autor en la obra comentada:

En mi época de bachillerato me encantaba caminar por la avenida Bolívar de Valencia, que recuerdo como una de las más bellas del mundo: apamates, camorucos, anaucos que en los meses de abril y mayo hacían una fiesta de flores. La zona de Arenas de Valencia, con el Colegio de Lourdes, el asilo de San Vicente y una antigua estación del tranvía era de mis favoritas.

(Guinand Castellanos, 2008: 39)

 SEGUNDA ESCENA

Naguanagua  - La Begoña:

la voz que vibrará siempre al lado de sus coros

Su segunda obra, Naguanagua La Begoña, publicada en 2010, continúa el sendero trazado inicialmente por el autor: allí están sus personajes populares, sus habituales historias y crónicas, la presencia insoslayable de la ciudad, como una referencia cardinal, generadora de íntimos recovecos, bulliciosa de anécdotas, consejas y leyendas, almacenadas durante años por la memoria colectiva y en espera cierta de quien fuera capaz de relatarlas con amorosa simplicidad y con poética cadencia, como muy bien lo hace nuestro respetado cronista, el doctor Guinand Castellanos.

Allí están todavía sus sombras en el regazo del tiempo. Aflora la ciudad de cambios apresurados, arrasadores de la otra ciudad de los recuerdos refugiados dentro de esos aposentos, para salvarse del olvido. Cielo azul, tan azul de diciembre, tan de plomo en los meses de lluvia, tronador en la tormenta, alborozado de pájaros al amainar los aguaceros. Modorra calenturienta en el mediodía de la siesta, resolana amarilla al atardecer, repique de Ángelus en la torre de la iglesia, murmullo de rezos tras las celosías. Calles de casonas señoriales, de aleros entejados y faroles esquineros, remotos mabiles discretos y bares con sabor añejo de tradición, acequias callejeras de corriente suave para el agua limpia, de corriente viva para el juego inocente de los niños pueblerinos.

                Hay en estas páginas una personal realidad que emerge de confidencias, anécdotas y narraciones de esos personajes singulares que deambulan por las calles de su pueblo,  en donde prevalecen las glosas pastorales y amorosas. Particularmente en los mitos, esas presencias rescatadas por la poesía, se observa un fascinante cosmos henchido de singularidades de contexto y sociedad.

                En estas páginas, el esplendor imaginativo imparte cierto encantamiento que cae en estruendosa quebradura de cristalería, en una prosa dotada de una extraña musicalidad y una frescura exultante que evidencian la captación exacta del eterno acontecer: el cronista ha sentido la emoción, el grito, la soledad del hombre: inquiere, va en búsqueda y aprendizaje de la realidad. De ahí el milagro: recuperar el fuego de la palabra. La imagen es aquí la creación pura del espíritu, su forma mágica de identidad. Así lo observamos en este fragmento:

El primer botiquín que se encontraba viniendo de La Entrada, después de pasar por el puente del Retobo, era La Periquera. Su dueño era un compadre de mi padre llamado César Pérez (…) Allí con frecuencia se paraba mi progenitor a echarse un guaimarazo de berro y yo aprovechaba para bajarme y pedir un refresco. Al lado derecho tenía un patio de bolas, y hacia la parte posterior, algo retirado de él, quedaba por llamarlo de alguna manera una casa de chicas de la vida alegre. (Guinand Castellanos, 2010: 89)

TERCERA  ESCENA

 De Bilbao a Naguanagua:

una llama dorada que deslumbra y nunca se disipa

En su tercera obra, De Bilbao a Naguanagua, publicada en 2012 por Ediciones de la Alcaldía de Naguanagua, el doctor Guinand Castellanos, en su original y distinguida prosa, refiere el peregrinaje oceánico de la Virgen de La Begoña, desde Bilbao, en el país vasco, hasta nuestra Naguanagua, incluyendo su paso por Tenerife, en el archipiélago de Las Canarias, y otras anécdotas, leyendas y pasajes históricos que conforman esta nueva crónica, construida con fervor, dedicación y entrega, rasgos definitorios de la escritura de este orfebre del lenguaje y maestro de la sensibilidad artística, cuyo texto nos conmueve y apasiona.

                La devoción mariana del autor, en hermosa mixtura con la responsabilidad moral y la hondura teológica, fluye en estas páginas como un devenir poético envuelto en una madeja de seda ideal, forjada para ser extendida en una dulce y sonora balada de provincia. En su texto, el autor va al encuentro de la divina patrona y, en una estética que va más allá de las limitantes metafísicas, alcanza perennidad, plenitud y trascendencia. Así lo observamos en este fragmento:

En tierra americana no existe otro santuario dedicado a la Virgen bajo la advocación de Santa María de Begoña, por lo que se trata de una devoción muy particular, hecho que merece ser tomado en cuenta al hablar de los orígenes de su designación como la única patrona que ha tenido Naguanagua.

(Guinand Castellanos, 2012: 43)

Estas páginas constituyen una muestra magistral del buen manejo de la sintaxis y las imágenes lingüísticas, en un caleidoscopio expresivo que denota la genialidad de una inteligencia poco común, cuya extraordinaria fantasía transita al unísono con la exposición exhaustiva de detalles, tal como lo expresa el Arzobispo de Valencia, Excelentísimo Monseñor Doctor Reinaldo del Prette Lissot,  en la Nota de Gratitud inserta en la obra:

Es de agradecerle al Dr. Guinand el estudio de cómo la devoción a Nuestra Señora de la Begoña, que nació hace siglos en Bilbao, vino a nuestra tierra de Naguanagua y a una apartada y acantilada costa marítima de la isla de Tenerife. Después de su lectura sacamos una conclusión segura: que lo divino, lo trascendental y extraordinario se nos presenta en lo ordinario y sencillo de la vida.

(Del Prette Lissot, en Guinand Castellanos, 2012: 9)

El libro presenta, además, diversos hecho básicos que expresan cierta pluralidad histórica existencial, a través de experiencias religiosas y evidencias vitales de numerosos personajes, cuyos testimonios son irrefutables y reclaman nuestra comprensión y, por ende, nuestra simpatía y nuestra convivencia. Como lo atestigua el doctor Alejandro Feo La Cruz, Alcalde del Municipio Naguanagua, en su Nota de Presentación:

El ojo clínico del Dr. Roberto Guinand Castellanos nos brinda la oportunidad de conocer su visión de nuestra Begoña, una Virgen que llegó diciéndonos “aquí me quedo” y que pareciera estar predestinada por la historia para bendecirnos por siempre, que vino de tierras lejanas cruzando el mar para quedarse en el corazón de Naguanagua.  (Feo La Cruz, en Guinand Castellanos, 2012: 5)

CUARTA  ESCENA

General Hermógenes Julián López Herrera:

un presidente carabobeño:

más allá del peso de las horas palpando las piedras del camino

Su más reciente obra publicada, General Hermógenes Julián López Herrera: un presidente carabobeño (2015), editada por Signo Ediciones, bajo los generosos auspicios de la Fundación Hermógenes López - volumen que esta cálida mañana valenciana nos honramos en presentar y celebrar ante esta distinguida y afable audiencia de familiares, amigos y cofrades -, constituye una exhaustiva indagación sobre la vida y la obra de este insigne carabobeño, escrita en la prosa vigorosa y traslúcida a la cual nos tiene acostumbrados el doctor Guinand Castellanos.  Como lo anota el poeta José Joaquín Burgos, amigo fraterno del autor, en el Prólogo:

…el doctor Guinand en este libro quiere romper sombras, abrir un poco el camino para que los lectores de hoy conozcan algo de lo que un hijo de Naguanagua hizo por el país cuando, en apenas once meses, tuvo el honor de tener en sus manos, constitucionalmente, las riendas del gobierno nacional. Ese hombre fue el general Hermógenes Julián López, hijo de Naguanagua y devoto, como todos sus paisanos, de la Virgen de la Begoña. (Burgos, en Guinand Castellanos, 2015: 11)

La obra transita por los senderos de la cónica, la poesía, la narración, la historia de vida, en una pesquisa minuciosa, detallada y muy bien documentada que incorpora: testimonios de diversos personajes populares y familiares del general; comunicaciones y conversaciones personales; entrevistas con ilustres académicos y escritores, entre ellos: Juan Correa González, Alecia Castillo Henríquez, y Julio César Centeno Rodríguez. Además, nuestro cronista convocó a un impresionante séquito de escritores, historiadores y ensayistas cuyas ideas fueron armoniosamente ensambladas y sutilmente decantadas por su diestra mano, en oportunas citas que le confieren el entramado necesario y la urdimbre complementaria a su excelente labor investigativa. Entre ellos cabe destacar la enriquecedora presencia de: Francisco González Guinán, Alfonso Marín,  José Antonio de Armas Chitty, Guillermo Morón, Guillermo Mujica Sevilla, Luis Cubillán Fonseca, Elías Pino Iturrieta, Fritz Küper D´alessandro… entre otros distinguidos intelectuales venezolanos.

Estas páginas seducen por  el enfoque metodológico, por la concentrada y meticulosa responsabilidad que la madurez aconseja, por la certidumbre de un escritor que sabe que cada palabra suya es un mensaje imborrable, expresado en estos textos espontáneos, sinceros, esenciales, como lo notamos en este fragmento:

Ejerció la presidencia de la República sucediendo a un gran caudillo como lo fue Antonio Guzmán Blanco, y en Venezuela es difícil  suceder a los caudillos, aunque al final sus estatuas terminen siendo derribadas y su bronce fundido en campanas cantarinas que lanzaran al aire sus notas que en nada recuerdan su extraño origen. (Guinand Castellanos, 2015: 16)

                La lectura de esta obra de singulares méritos literarios nos permite conocer la dimensión humana del personaje, sus avatares, sus triunfos y sus realizaciones como gobernante. Así, en una minuciosa enumeración, el autor nos va presentando la gestión de este conspicuo carabobeño, destacando, entre sus obras y acciones administrativas más importantes, las siguientes:

*Inicio de la construcción del Teatro Municipal de Valencia, según decreto  del viernes 21 de octubre de 1887, cuya primera piedra fue colocada el martes 15 de noviembre, según el diseño del arquitecto francés Antonio Malausssena Levrero, quien se había inspirado en el boceto del Teatro de la Ópera de París, inaugurado trece años antes en la Ciudad Luz. La obra, que estuvo al cuidado del ingeniero Rafael Núñez de Cáceres, inicialmente fue denominada Nuevo Teatro López, en honor a su benefactor.

*Inauguración del ferrocarril Valencia-Puerto Cabello, en cuyo viaje inaugural, desde Puerto Cabello, el jueves 16 de febrero de 1888, participó el general López Herrera.

*Traslado – repatriación, desde Nueva York,  de los restos del general José Antonio Páez, llegando a Caracas el jueves 19 de abril de 1888.

                *Construcción del monolito de la Plaza Bolívar de Valencia, el cual inauguró, como Presidente del estado Carabobo, el lunes 24 de junio de 1889.

                *El alumbrado de Valencia, cuyos trabajos se iniciaron el sábado 24 de marzo de 1888, y fue inaugurado el domingo 29 de septiembre de 1889, siendo nuestra ciudad la primera urbe de la América del Sur que tuvo alumbrado eléctrico en sus calles y plazas.

*Construcción de los acueductos de Montalbán, Nirgua y Puerto Cabello en 1888.

*Inauguración de los puentes El Guanábano, Carabobo, Bolívar y Reivindicación, en Caracas, en 1888.

                *Instalación del reloj de la Catedral de Caracas, en 1888.

                También nos recuerda el doctor Guinand Castellanos que la gestión del general Hermógenes López abarcaría otros ámbitos, como por ejemplo: la amortización de la deuda externa; la explotación de minas en la Guayana venezolana; la explotación de minas de asfalto en las sección Zulia del estado Falcón; establecimiento del balneario en Aguas Calientes (actuales Aguas Termales de Las Trincheras); fortalecimiento del servicio postal y telegráfico; incremento sustancial de los presupuestos de la Biblioteca Nacional y el Museo Nacional (hoy Museo de Bellas Artes); incremento significativo del presupuesto destinado a la Instrucción Pública; fortalecimiento presupuestario para las Universidades del país (la Central, en Caracas, y la de los Andes, en Mérida); creación de una Cátedra de Gramática Castellana en el Colegio Carabobo; apoyo presupuestario para las escuelas normales de Cumaná, Valencia, San Cristóbal y Barquisimeto…

Debemos subrayar que estos datos sobre los decretos, edictos, proclamas y ejecuciones de obras, fueron pesquisados por la enjundiosa labor investigativa del doctor Guinand Castellanos en el “Mensaje de entrega que el Presidente López Herrera presentó al Congreso Nacional el 27 de julio de 1888”, en el Salón Elíptico del Capitolio o Palacio Federal Legislativo de Caracas,  que había sido inaugurado por el Presidente Guzmán Blanco la década anterior, el martes 18 de febrero de 1873.

                Esta prolija e incompleta descripción de aquella intensa gestión gubernamental da cuenta del atinado conocimiento que el general López Herrera tenía de los problemas más importantes que confrontaba el país en esa difícil época de nuestra historia, y la previsiva toma de decisiones para darles oportuno tratamiento y eficaz solución. Además, el estilo en que están redactados los edictos, las resoluciones, las proclamas y decretos, sin exaltaciones ni desbordamientos verbales, pone de manifiesto que el General-Presidente poseía plena conciencia del momento histórico del cual fue figura destacada. Como lo anota el doctor Guinand Castellanos:

…se dieron condiciones favorables que hicieron pensar a los venezolanos que la presencia de Guzmán dejaba de ser indispensable, ya que el gobierno presidido por el General Hermógenes López había demostrado una continuidad administrativa saludable, habiendo sabido solucionar los problemas de diferente índole que se le presentaron…

(Guinand Castellanos, 2015: 82)

                En suma, esta obra nos atrapa y entusiasma porque la crónica su fusiona con la historia, la descripción con la biografía, la narración con el tono poético. Aquí, en estas páginas, el instrumento expresivo, al recrearse con la anécdota y el dato sorprendente, despliega un transitar sublime del lenguaje en donde subyace la insinuación reflexiva, el aliento intimista y la seductora originalidad que tiende a borrar cualquier obstáculo para entrar de lleno, intensamente, a disfrutar la luz del paisaje estético.

                Quisiéramos concluir este capítulo con la significativa frase que cierra el libro, en donde el doctor Guinand Castellanos reitera la condición humana, sencilla y humilde del general López Herrera:

Quede en la memoria de los venezolanos la actuación de este ilustre carabobeño, naguanagüero o naguanagüense, como quiera llamársele, militar de a caballo cuando las circunstancias así lo exigieron, fiel a la amistad y a los principios, agricultor exitoso, benefactor de la tierra que lo vio nacer, orgulloso siempre de su primer oficio. Por eso, aun siendo presidente, con su orgullo pueblerino no tenía reparos en presentarse: ¡Hermógenes López. Agricultor! (Guinand Castellanos, 2015: 121)

EPÍLOGO

En donde confluye el surco de los nocturnos vuelos

Con estas breves notas para una conclusión (no demasiado conclusiva) pretendemos cerrar – por ahora - el círculo hermenéutico que hemos trazado en torno a la obra de Roberto José Guinand Castellanos. Por diversos derroteros hemos transitado explorando las páginas de sus libros,  provistos apenas con las herramientas del afecto y la pasión, más que de la razón, perpetrando una lectura de sus búsquedas expresivas y rastreando los procedimientos que ha puesto en práctica para alcanzar lo humano, las diversas instancias en las cuales se ha detenido para labrar la palabra, aprehender lo insólito, registrar la historia, celebrar la anécdota o lamentar el desamparo.

Hemos podido observar cómo autor juega con su agudeza para lograr el libro ajustadamente escrito y se juega como artífice en una aventura intelectual que tiene por meta no sólo el conocimiento y la belleza, sino su realización como ser. Hemos leído sus obras, desde los escarceos creativos iniciales hasta la última obra que ahora presentamos, y hemos constatado que, cada una de ellas, aunque están concebidas y realizadas en forma independiente, son, en realidad, complementarias, y tal vez conforman una sola obra, a la manera de Balzac en La comedia humana.

Los atmósferas que conforman el contenido de estas obras nos revelan que un retrato de las pisadas del hombre sobre la tierra es el magma que las unifica: la vida, el amor, los conflictos humanos, la pasión de los seres... son todos elementos paradigmáticos (históricos y algunas veces ficcionales ) que nos inducen a tratar de  comprender (partiendo de un análisis de interpolaciones o interrelaciones) la concepción que el autor tiene de la vida del venezolano y, en general, su concepción del hombre.

Hemos disfrutado en las obras de Guinand Castellanos de un lenguaje intenso, descarnado, acertado en la descripción de sucesos, lugares y emociones, cargado de un sentido del humor (la sonrisa como modo de descifrar el universo) y una ironía sutil que le permiten revelar la esencia de sus dramas; lenguaje a  través del  cual el autor ha llegado a la coherencia y a la autenticidad de su mirada; lenguaje en expresión de la función totalizadora, holística, existencial; lenguaje particular, íntimo, desbordado que encierra todo lo que un verdadero orfebre (¿deberíamos decir marmorarius?) puede expresar. 

Así hemos querido dejar a Roberto José Guinand Castellanos, en la paz de su hogar, rodeado de su familia (su esposa, sus hijos, sus nietos) razón primigenia de su existencia, disfrutando de su infatigable labor creativa. Solazándose a ratos en la música (todos sabemos que nuestro cronista es, además, un virtuoso ejecutante de la guitarra), esperando las nuevas obras que nos ha prometido, porque es un autor incansable, que no cesa de escribir, ratificando en cada nuevo texto su particular concepción de la crónica y de la historia. Seguramente inspirado en el pensamiento y la acción ecuménica de Su Santidad, el Para Francisco, quien, en un hermoso discurso, pronunciado en el Coliseo Don Bosco, en la Sierra de Santa Cruz, Bolivia, ante un numeroso contingente de sacerdotes, religiosos y seminaristas, el jueves 9 de julio de 2015, expresaría:

La historia que no hunde sus raíces en el amor, que no logra enraizarse en la vida de su pueblo, está tan muerta y tan seca como una flor mustia.   (Papa Francisco, 2015: 7)

MUCHAS GRACIAS…

 

 

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REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS

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